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El exilio interior, en primera persona

Las noches ciegas

Ningún destierro es igual a otro. El de la autora de este texto fue fronteras adentro, cuando en la Argentina no se podía “respirar hondo”. Con su compañero secuestrado delante suyo y de sus hijos en una transitada esquina porteña, la periodista de Las 12 recuerda aquí el significado del miedo y de la soledad, pero sobre todo la temible sensación de que la calle puede ser una emboscada.

Nos quedamos solos. Nuestros compañeros pasan a la clandestinidad, se exilian, desaparecen, son asesinados. Decidimos quedarnos, aunque decisión no es la palabra exacta. Las circunstancias se van complicando, los padres enfermos, la falta de pasaportes y dinero, mi embarazo a fines del ’76.

Ya no hay ni con quién militar. Es una vida chiquita. Desconocida. Hagamos lo que hagamos, seguimos corriendo peligro, la sensación de catástrofe está presente, aunque simulemos que no pasa nada. La calle es una emboscada.

Quedaron unos pocos amigos no militantes y parte de la familia, algunos se apartaron por miedo. Yo trabajo obsesivamente en el diario, eso me hace bien; Eduardo en una empresa de computación; y diseña también obsesivamente la maqueta de la casa que imagina para reformar la nuestra, vieja y con ocho años más de crédito a pagar.

Hacemos como si no pasara nada, pero la angustia y la nostalgia son enormes. Él cada tanto se ve con algunos compañeros con los cuales yo no milité, es poco lo que me cuenta.

Mi embarazo es una alegría en medio de la desolación. Pero el ’77 es un año feroz, hay una represión enloquecida, son miles los desaparecidos, los asesinados, nacen las Madres de Plaza de Mayo, se agrupan los familiares, ya se sabe que existen los centros clandestinos. Nos hablan de un contacto para obtener pasaportes, pero fracasa.

En el diario son frecuentes las instrucciones de no nombrar a personajes peronistas, de izquierda o de cualquier filiación perseguida por la dictadura. A su vez llegan listas de intocables, estrellas de TV, señoras que almuerzan, actrices, bataclanas, gente de la cultura, todos apologistas del gobierno de facto.

El cerco se va cerrando cada vez más, familiares de compañeros que ya estaban en el exilio van siendo secuestrados. En el fondo de casa, con enorme dolor quemamos libros, revistas, colecciones de fascículos, cartas, grabaciones, fotos.

Cada vez que alguien nos avisa que cayeron compañeros conocidos, abandonamos la casa. Tenemos un bolso preparado con alguna ropa, mamaderas, unos juguetes y los papeles indispensables. Los compañeros en el exilio nos mandan a decir que encontremos la forma de irnos. El terror se extiende, van a las casas y si no encuentran a quien buscan se llevan a los padres, los hijos, los abuelos, los amigos. Roban, torturan, asesinan, aparecen cadáveres flotando en el río, en el mar.

De nada sirven las voces que se alzan desde otros países, ni las denuncias de los familiares de desaparecidos y los organismos de Derechos Humanos.

Ya no se puede respirar hondo. De pronto te encontrás a algún compañero o compañera por la calle y no te saludás, pero se hace evidente la sorpresa en los ojos: “¡todavía estás aquí!”; es el pensamiento que no se vuelca en palabras. Y si te saluda es de terror, porque es posible que lo haga obligado por los represores que ya lo tienen cautivo, explica una de las Madres que viene al diario a hacer una denuncia; y eso, la sospecha de que el otro puede ser un entregador o pensar que yo lo soy, provoca un dolor y una vergüenza inconmensurables.

Mi embarazo avanza y las horas más tranquilas las paso fuera de casa, en el diario, como si allí estuviera protegida. Eduardo me viene a buscar a la salida, oscurece y el centro se pone más denso. Es mejor guardarse. Se acabaron los bares de Corrientes, los cines, las caminatas, los encuentros barulleros y las mesas largas, el bowling, la costanera y eso de saber que los sábados a la nochecita, aunque no teníamos celulares ni cita previa, nos cruzábamos igual.

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En agosto de 1977 nació Lautaro, grabamos un casete en el que Eduardo comenzó a hacer de relator ni bien rompí bolsa, Salimos para el sanatorio con Grisel, era de noche, queríamos que Norma y Sergio, dos compañeros exiliados en México, tuvieran el minuto a minuto del nacimiento. Habían partido dándome un último beso en la panza.

Qué distinto todo, otro mundo. Cuando nació Grisel, en el ’74, las enfermeras nos retaban por la cantidad de gente que había en la habitación. Ahora, con Lautaro, sólo la familia y un par de amigos. Hermoso Lautaro. Bella y celosa Grisel.

La licencia por maternidad me deprime. Estar todo el día en casa se me hace cuesta arriba. A la mañana despedimos a Eduardo cuando se va a trabajar y Grisel le grita “¡chau bambino!” y agita su manito, pegoteada a su papá. El y yo nos miramos fijo, sólo pensamos si volveremos a vernos. Pero no lo ponemos en palabras. No, no se puede respirar hondo.

La represión arrecia. Voy con los chicos a lo de mis suegros o al diario y me quedo un rato largo allí. Mi papá y Blanca, su mujer, se vienen unos días de Santa Fe y paran en casa. Me reanimo un poco, no quiero que se vayan, papá está embobado con su nieto y adora a Grisel, Blanca es una mujer a la que quiero mucho, muy perceptiva, se da cuenta de que no estamos bien, me propone que nos vayamos unos días a Santa Fe. Pero Eduardo no puede dejar el trabajo y no quiero que se quede solo. Vivimos en un corralito, mejor no romper la rutina. Mejor no llamar la atención. Mejor pasar desapercibidos. Mejor ser invisibles.

Quiero que se termine mi licencia. Recibimos cartas del exilio, nos juntamos a la noche a leerlas después de retirarlas, no llegan a casa por seguridad. Nos avisan que han caído compañeros que estaban clandestinos. Nos embarga la incertidumbre.

Y cambiamos de tema. Vamos a mirar la maqueta gigante que Eduardo arma en la mesa de la sala y empezamos a pelear por cómo va a ser nuestra casa cuando la reformemos. Y así.

Es 5 de noviembre, sábado, Eduardo sale a comprar una cortadora de pasto, llovizna y tarda mucho, me pongo histérica. Anoche llegó muy angustiado, me dijo que lo iban a matar y que yo tenía que cuidar a los chicos y rehacer mi vida. Le quise arrancar una explicación y no hubo forma. Me enojé. Sentí espanto. Esta mañana me dijo que no pasaba nada, que estaba agotado, que había dicho boludeces.

Después de almorzar salimos a hacer unas compras al supermercado y a dar una vuelta en el Citroen con los chicos. Cantamos canciones que Grisel aprende en el jardín de infantes. Nos reímos.

Estamos volviendo a casa por Alvarez Thomas. De pronto se nos pone a la par y nos pasa un Falcon blanco sin chapas, con cuatro tipos adentro. Eduardo me grita “¡no los mires!”. Nos cruzan el auto en medio de la avenida, se bajan tres de civil, armados y nos rodean. Uno alto, morocho, de bigotes y anteojos negros abre la puerta del lado de Eduardo y mientras le apunta a la frente lo quiere bajar. El se resiste, grita, los otros dos nos apuntan con Itakas a los chicos y a mí. Eduardo es arrastrado a culatazos hasta al Falcon, grita, yo grito. Lo tiran en el piso del asiento de atrás. Intento dejar a Lautaro en mi asiento, pienso que me llevan también.  “Quieta que te quemo”, aúlla el pelirrojo apuntándome en mi sien. Y corren hacia el Falcon que arranca a contramano por Elcano, mostrando las armas por las ventanillas.

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Los chicos y yo bajamos del Citroen en el medio de la calle. Los mantengo apretados. Solos en un mar de autos y gente que toca bocina y pregunta y pregunta. Dicen que había otro Falcon más atrás. No me acuerdo más. Black out. La gente empuja el Citroen hacia la vereda. Las bestias se llevaron las llaves.

En la próxima escena, estamos parados en una esquina con Grisel de la mano y Lautaro en mis brazos esperando que nos venga a buscar Daniel, un amigo entrañable que esa noche iba a comer en casa. No es militante, lo llamé desde un teléfono público y le dije lo que pasó, que no vaya. Me hace jurar que lo vamos a esperar, que no vamos a movernos de ahí. Inconsciente, humano hasta la médula. Cae la noche, los chicos lloran, yo no. Soy una estatua de sal. Llega Daniel.

Hasta hoy, 2017, casi 40 años, lo único que sé es que esa noche a Eduardo lo habrían llevado a Coordinación Federal y que al día siguiente ya no estaba allí. Pero ni siquiera esa fuente fue comprobable, no hay registro.

Llegó el espanto, el abismo de la incertidumbre eterna, la espera lacerante, inútil. El abandono de todo lo conocido. El tiempo de perder, de seguir perdiendo, como si eso fuera un destino absoluto. Abandonar la casa, las pocas costumbres que ya nos quedaban, las palabras, las miradas, la tibieza en el alma. Regalar a Drugo, nuestro perro. Se borraron las sonrisas. Llegó el llanto espeso de mis hijos, la ausencia de respuestas, el alejamiento de los pocos cercanos que quedaban. Los reproches de mi suegro, el dolor de mi padre, mi incapacidad de derramar una sola lágrima. Me sequé. Apretaba los dientes, buscaba un lugar en el que refugiarnos, los tres solos; lo conseguí a través de unos amigos queridos, no militantes. Un departamentito mínimo, dos camitas, una cuna.

Mis hijos llevaban debajo de su ropa, colgada del cuello, una cinta con un cartelito con sus nombres, apellidos, teléfono y dirección de mis suegros y de una gran amiga, Reneé, por si me pasaba algo, aunque ya se sabía que también desaparecían chicos en los operativos.

Terminé mi licencia por maternidad y regresé al diario. Claudia, una amorosa prima de Eduardo, cuidaba a los chicos mientras yo trabajaba. Eso fue como un remanso. No me alcanzará la vida para agradecer la actitud de mis compañeras y compañeros, en ése y en los otros medios en los que trabajé en los años que siguieron. Si existe la solidaridad, la encontré entre ellos, aún corriendo riesgos por mí. Compartiendo notas con los reporteros gráficos, con los choferes, tragándose el miedo, alentándome, cuidándome.

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Desde el exilio llegaban cartas instándome a que abandonara el país con los chicos, que pidiera asilo político en Italia como hija de italiano. No lo consideré en ningún momento. Había que buscar a Eduardo, por todas partes, golpeando puertas oficiales y extra oficiales, acudiendo a “influyentes”, haciendo todo lo que iba surgiendo desde las entrañas de quienes teníamos familiares desaparecidos, como las Madres que fueron quienes marcaron el ancho camino que hasta hoy transitamos.

Mi familia materna se apartó indignada. Me recriminaron mi militancia. El miedo teñía y disfrazaba todo. Con mi suegro había tirantez, era un viejo militante del PC de un machismo recalcitrante. Mi suegra, querida Angélica, se fue enfermando. Todos los viernes repasaba ropa de Eduardo, la acomodaba en un bolso y esperaba que llamaran desde alguna cárcel. Se había pasado la vida llevando paquetes y visitando a sus hermanos, a su marido y a su único hijo, todos militantes.

Fuera del diario y mis compañeros de trabajo el mundo me resultaba intolerable. Era vivir pisando un campo minado. Y el silencio irreductible sobre el destino de los desaparecidos y el discurso torturante de los milicos asesinos. No, no se podía respirar hondo.

Grisel escenificaba con autitos y muñecos el secuestro de Eduardo y repetía: “mami, tendríamos que haber tomado un colectivo y seguir al auto de los malos que se llevaron a papá… ¿Cuándo va a volver papá?”. Y así por años, hasta que un día, no recuerdo bien la fecha, alrededor del ’82, les dije: “papá no va a volver, lo mataron los malos”, por consejo de una psicóloga. Las preguntas siguieron muchos años más. Los psicólogos tampoco coincidían en qué decir.

No sé, realmente no sé cuándo yo misma empecé a creer en eso. Y la vida seguía. En plena dictadura armamos una agrupación con compañeros y compañeras periodistas. Resistir fue lo que nos mantuvo más enteros, más dignos, más humanos. La resistencia me dio un horizonte en medio de esa aridez mortal.

El Mundial ’78 marcó un punto de inflexión. La noche final, cuando gran parte del país salió a festejar, tuve una hemorragia estomacal. Exploté internamente y empezó a rondar mi cabeza la idea de tomarme un descanso, de poner distancia de alguna manera. Pero la situación no era fácil, ni con los chicos, ni con los trabajos. A esa altura tenía el diario y dos lugares más donde escribía porque no me alcanzaba lo que ganaba. Pasó mucho tiempo, casi un año hasta que se presentó una oportunidad que combinaba trabajo y distancia.

Estaba dispuesta a hacerlo, mi papá y su mujer podían venir a quedarse con mis hijos, una cierta rutina de aparente normalidad estaba establecida en lo cotidiano. Grisel iba al colegio, Lautaro al jardín y los cuidaba una señora mientras yo no estaba. Nos habíamos mudado a un departamento más habitable. Me faltaba una sola cosa: la propuesta de trabajo era fuera del país. Yo no tenía pasaporte, pequeño detalle. Pasaron meses hasta que, gracias al apoyo y el reclamo del diario, me citaron para que lo retirara.

Después de cuatro horas de espera y preguntas tan ridículas como “¿dónde está Eduardo Marino?”, tuve el pasaporte en mi bolso. Las cervicales me estallaban si giraba la cabeza. Bajé las escaleras y crucé el patio de las palmeras del Departamento Central de Policía Federal. Entregué el permiso de salida sellado y a la una de la mañana atravesé la puerta. En las explanadas de Moreno había Falcon de todos los colores. El sonido seco y violento de las puertas y los baúles activó más mi adrenalina, y el cerebro comenzó a dispararme imágenes como esquirlas en una película interior repetida hasta el agotamiento. Como quien no tiene apuro caminé hacia avenida Belgrano sin mirar atrás. Casi sin respirar. Me esperaban dos compañeros.

Dos días más tarde tomaba un avión a Johannesburgo y después otro a Rhodesia, en Sudáfrica. Me mandaban a cubrir la asunción del primer ministro negro, Abel Muzorewa. Cualquier lugar era mejor destino que mi propia tierra. En ese país que estaba en guerra entre blancos y negros y que casi nadie sabía dónde quedaba, esperaba encontrar algo parecido a la paz.

Dejé cartas, muchas cartas. Para mi padre, para mis hijos. Para el padre de mis hijos, por si aparecía. Dejé dinero para que no les faltara nada. Dejé recomendaciones y promesas.

Sentía una necesidad violenta, dolorosa, de tomar distancia. De volver a respirar en alguna parte del mundo. Tampoco me importaba ir a cubrir una guerra ajena, no buscaba seguridad física, necesitaba descansar de mi país convertido en una fosa clandestina.

“Estás loca” me decían mis compañeros, “mirá si te matan, tenés dos criaturas chiquitas”. No, ellos van a estar bien. Mejor que conmigo: yo soy un fantasma. Pero por lo menos no me van a matar éstos, prefiero que me maten otros. Además, ¿no ven que a mí no me mata nadie? Yo quedé para contar, para hablar bajito de lo que pasó y sigue pasando. Y estoy muy cansada. Cuando vuelva sigo con todo, van a ver. Y voy a traer unos pesos, tengo muchas deudas, me van a pagar bien; les voy a traer juguetes a los chicos.

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El 23 de abril de 1979 a la noche despegó el avión desde el aeropuerto de Ezeiza. Hasta último momento temí que alguien me parara, que alguien evitara que me fuera. Pero no.
Buenos Aires comenzó a empequeñecer, cada vez más distante, lejana, construyendo pasado. Hasta que no pude ver nada más que nubes. Estaba en el cielo. Abajo, a miles de metros, quedaba la jefatura del infierno.
Estaba chamuscada, desgajada, chiflada. Pensé en mis hijos, los dos haciéndome chau con sus manitos. Riéndose porque prometía traerles elefantes, jirafas y leones. Pensé adónde, en que puntito de allá abajo, estaría el que no estaba, si estaba.
Pensé en mi casa habitada por extraños. Pensé en las noches ciegas. En los ojos secos. En el alma helada. En la oscuridad aunque el sol rajara la tierra. En las convulsiones de la última noche del Mundial. En las madrugadas de cristal acuoso, astillada de ginebra, escribiendo furiosamente en el departamentito de mierda de la calle Loria. En la pared llena de fotos con las sonrisas congeladas un año y medio antes. En las colas en los cuarteles, las comisarías, los ministerios, el cura Graselli, los edificios Libertad, Cóndor y nombres así de psicópatas. En los viernes esperando las listas del PEN, pegada a la teletipo de Noticias Argentinas. En la esperanza siempre rota. En las nóminas donde nunca figuraba. En las frenadas bruscas en la oscuridad. En las puertas que se abrían y cerraban con violencia. En las bestias enfierradas. En los Falcon blancos. En los camiones verdes. En la pinzas. En la patotas. En el silencio lacerante. En la vida de mierda. En la muerte bailándole a la propia sombra. En la puta que los parió. En los que no entendían nada y te decían que por ahí se fue con otra. En los que preguntaban por qué a mí no me llevaron. En la historia universal de la locura.

Sobreviví. Como siempre. Volví al diario. Me reintegré a la agrupación de periodistas en la sombra. Crecía, nos amontonábamos, inventábamos estrategias para justificar reuniones que parecieran festejos.
De Eduardo nada.
Trámites, habeas corpus, lista de desaparecidos de origen italiano. De vez en cuando algún flash: uno que le dijo a mi suegro que Eduardo estaba en el sur. Que le diéramos algún objeto que él pudiera reconocer. Le dimos una bufanda que yo le había regalado en su último cumpleaños. Esperamos un mes. El tipo volvió y dijo “la reconoció, pero para que ustedes tengan una prueba de vida hace falta poner tres mil dólares, es muy riesgoso para mí”. Se los entregamos. Nunca más se supo de Eduardo ni del tipo.
Pasaron los años. La dictadura se fue debilitando. Nuestra agrupación, la Scalabrini Ortiz, se ampliaba. Surgían otras resistencias. La vida continuaba. Los chicos crecían. Regresamos a nuestra casa de Urquiza. Yo ponía todo en el trabajo y la militancia gremial. Fui madre como pude. Me atormentaban los actos escolares. Las familias enteras festejando. No lo disimulaba. No podía. Llegó la resistencia pura y dura contra la dictadura. Y lo demás ya se sabe. Las visitas periódicas a Familiares, las rondas de las Madres, el CELS, los Antropólogos, las muestras de sangre. La búsqueda que no cesa.
Los 5 de noviembre aparece en Página 12 el recordatorio con la foto sonriente de Eduardo. Los 24 de Marzo, en la marcha, buscamos su cara en la bandera kilométrica. No siempre la encontramos. Hay una multitud. Y ellos son 30.000.
* Eduardo Anibal Marino: militante de PC, PCR, Los Obreros, Revista Ya! es tiempo de Pueblo.

Remando

RESISTENCIAS
Remando
El hambre se hace sentir, las violencias son cotidianas; la estigmatización castiga históricamente a lxs habitantes de la isla Maciel y también la represión castiga como lo hizo el pasado martes cuando una niña estuvo esposada durante horas. Alrededor de 1500 familias luchan por condiciones de vida dignas y las mujeres son quienes están a la cabeza de la defensa de lxs más vulnerables.

(Imagen: Jose Nicolini)

Se llega al amarradero del Riachuelo del lado de La Boca y se llama al botero, él se acerca a la orilla remando y por cuatro pesos nos cruza agitando el río espeso. De un lado el puente viejo, ahora pintado de plateado, desnudo de su relato histórico; del otro, el puente  “nuevo”, con las escaleras mecánicas y la mole de cemento; un viaje hacia una Venecia de arrabal.

Llegamos a Avellaneda, el trayecto es breve, en menos de cinco minutos estamos en la isla Maciel. Parte de su territorio es semejante a La Boca, casas coloridas de chapa en el exterior y madera en el interior, ya no existen los astilleros y los frigoríficos repletos de trabajadores, ni tampoco los burdeles que la hicieron tristemente famosa. Más al fondo hay una villa de larga data y otra, “la villita”, en la que viven unas 1.500 familias, cifra que aumenta día a día debido a la cantidad de gente despedida de su trabajo y desalojada de viviendas de alquiler y pensiones.

Nos espera un grupo de mujeres que forman parte del motor que diariamente combate el abandono del Estado y las condiciones precarias de lxs más vulnerables. La cita es en El Convento, Montaña 445, una construcción de más de 50 años que funciona como centro de actividades y recreación, comedor popular, y sede de La Fundación nacida en agosto de 2011 para atender las necesidades más acuciantes y proyectar la conversión de la villa en un barrio. “El último año han cambiado brutalmente las condiciones, abrimos comedores debido a la demanda y el hambre, todo se desbordó. El 80 por ciento de la gente está en Argentina Trabaja, que tuvo un recorte enorme, es muy difícil encontrar trabajo y asistimos a esas familias para que no se sientan solas, que no derrapen”, explica Delicia Ocampo Benítez, de 36 años, que nació y vivió 32 años en la isla y, después de grandes esfuerzos, está a punto de recibirse de trabajadora social.

Uno de los comedores está en El Convento y asiste diariamente a más de 100 chicxs, la gente grande se avergüenza y evita comer allí; el otro comedor está en la calle Pinzón, la zona más pobre, cruzada por las vías de un tren de carga que transita de noche haciendo temblar las precarias viviendas. Allí comen alrededor de 200 chicxs.

“Hoy por hoy las mujeres de acá son las que van al frente, nosotras tenemos muchas madres solas con sus niños que van a los comedores, los hombres prácticamente se fueron o salen a cartonear y ellas quedan con sus hijos. Hay vulnerabilidad respecto de la promoción de la salud y eso implica madres con muchos hijos e hijas, gran cantidad de embarazo adolescente.  Son casi nenas y a pesar de la concientización que se hace y la medicación anticonceptiva que nos provee la Unidad Sanitaria, no se concreta el cuidado necesario, vienen con sus madres y sus hermanitos a pedir ayuda”, subraya Alicia Velásquez,  45 años, casada, con un hijo, coordinadora del comedor de El Convento. Todxs tienen su teléfono, la llaman a cualquier hora por incendios, heridxs, velatorios, vestir muertxs, bendecir o bautizar, el cura Francisco, párroco de Maciel y motor indispensable del trabajo social, la hizo ministra de la Eucaristía y ayudante en la misa: “la Iglesia sigue siendo machista y retrógrada, pero él lo decidió así y dice que pronto va a haber mujeres curas”, afirma.

Abusos y prevención

Recorremos la isla, nos llevan al fondo, a Pinzón, caminamos entre las vías, hay zanjas, ratas y el agua está contaminada. En los pasillos y calles juegan chicxs de todas las edades, madres adolescentes con bebés en brazos; al atardecer se toma mate en la puerta. Norma Del Castillo, de 51 años, es encargada del comedor, vive en una habitación en El Convento, y ha pasado su vida en villas del conurbano. Su voz es dulce y serena. “Acá la mayoría de las mujeres dicen que el marido les pega, las hieren, pelean, ellos las echan y se van a lo de una vecina. La policía no les toma las denuncias, tampoco pasa mucho en la Comisaría de la Mujer, en Avellaneda. Si están indocumentadas no les toman la denuncia”. Las mujeres subrayan que es indispensable acompañar a quienes padecen violencia de género, se comienza con la denuncia pero después hay un proceso en el que si no están acompañadas no la ratifican. Los martes atiende en La Fundación la gente de ATAJO (Programa de Acceso Comunitario a la Justicia) que ayuda e impulsa los trámites. Sin embargo, “ellas a veces los perdonan a los tipos o no tienen adónde ir o como mantener a los hijos”.

Entre mate y mate relatan que muchas mujeres llegan a tener consecutivamente cinco parejas distintas y que sienten como la obligación de “darle un hijo a cada tipo”, pero los hombres no quieren a lxs hijxs anteriores de ellas y habitualmente lxs maltratan psicológica y físicamente. “Y los pibes corren desesperados a la calle o a nuestras casas y nos dicen ‘no quiero estar más ahí, mi padrastro me echó, mi mamá no hizo nada, no me protege, cómo puede ser que no me ayude’, y es que no todas las mujeres tienen la fortaleza necesaria”, explica Norma.

Marcela Alegre, de 39 años, es cocinera en el comedor de El Convento, vive en Maciel y relata que fue abusada y golpeada. “Tenía  mucho miedo, me acerqué a este lugar y conocí a Delicia, a Norma, a Alicia, a Naty y a otras compañeras, y me fui sacando ese miedo. Mi pareja anterior me golpeaba, me ataba a la cama, me pasaba corriente eléctrica, me desfiguraba. Yo hacía la denuncia, pero él se escapaba y no lo encontraban. A mi marido actual también le tenía miedo, me miraba y yo temblaba, pero ahora me mira y yo le doy dos miradas más… Ya pasé un montón de cosas, se acabó”, dice terminante.

La madre de Marcela se crió entre golpes y su primer marido era alcohólico; con él tuvo tres hijxs. Cuando se separaron, Marcela tenía dos años y al poco tiempo su madre formó otra pareja con un hombre al que ella empezó a llamar “papá”. Cuando tenía once, él de pronto le dijo “dejá de llamarme papá, yo no soy tu padre, sos hija de Marcelo”, pero su madre se lo negaba. Poco después su mamá se internó en el hospital a punto de parir a otrx hijx. Con ese hombre tuvo siete en total. Esa noche el padrastro volvió a la casa e intentó abusar de Marcela, le arrancó la ropa, la manoseó, pero ella logró escapar por la ventana y se refugió en la casa de unos vecinos. “Dos días después mi mamá salió, mi padrastro le pegaba y entonces ella me pegaba a mí. De grande conversamos y ella me lo explicó, ‘¿mamá por qué usted me pegaba si yo no hacía nada malo?’ le pregunté, y ella me dijo ‘porque yo tenía bronca y me la sacaba con vos que no tenías nada que ver, te traje al mundo porque me gustó, pero cometí errores, te pido perdón’. Entonces me animé y le conté que su marido había abusado de mí: me pegó con un palo en la cabeza, tres días en cama estuve, tenía once años  y me empleó cama adentro. Viví ahí hasta que se terminó el trabajo, el sueldo lo cobraba mi mamá, y ya no volví más a mi casa”, cuenta mientras amamanta a su bebé.

Un postre y un beso

En la isla hay un Centro de Prevención de Adicciones (CPA), un espacio abierto a la comunidad donde se tratan situaciones de consumo problemático de alcohol y drogas, y su impacto en las familias, incluyendo lo que es violencia de género. Según Alicia, el 70 por ciento de las mujeres y niñxs del lugar pasan por situaciones de violencia de género y/o intrafamiliar de una forma u otra. “Les digo a las mamás ‘le pegás y le duele un ratito’. Lo que sirve es hacerle entender por qué lo estás retando y decirle ‘hoy no vas a mirar la tele o a jugar a la pelota hasta que no reconozcas qué hiciste mal’. Eso los conmueve más que si les pegás, porque ellos están acostumbrados a los golpes. En los comedores no solo se trata de llenar el estómago, las encargadas y los voluntarios que colaboran en la tarea promueven situaciones de cariño, de un contacto amoroso con lxs niñxs, eso que no encuentran en sus casas.

Natalia Alvarez, de 35 años, es coordinadora de la Casa del Niño, un centro de actividades educativas y recreativas para favorecer el desarrollo integral de chicxs de 3 a 12 años, y también colabora en los comedores: “Con los niños y adolescentes que trabajamos es darles el postre y un beso, una caricia, cariño. Intentamos comunicar eso, no la situación de la cena para venir, llenarte la panza e irte. Es un momento para estar con otros, una mesa en paz que no siempre se logra -dice sonriendo- porque gritan, hay violencia, es lo que traen de la vida, pero es lindo ver que van cambiando. Y los viernes se van y nos dicen ‘hasta mañana seño, que tenga buen fin de semana’, chicos que eran tremendxs, que se la pasaban en la calle y hoy se pelean por colaborar, se portan de otra forma. Esto es darles un espacio en el que vean algo distinto de lo que tienen en su hogar, que sepan que eso existe”.

¿Hay mucha droga en Maciel?

-Hay mucha venta y consumo en La Boca, en el barrio chino; a la madrugada van a Villa Zavaleta. Los pibes empiezan cada vez más chicos a consumir, y ahora ves a los de 60 o 70 años también. Esto está presente en todos los ámbitos. En el Centro de Prevención de Adicciones se trabaja permanentemente para ayudar a los chicos que las padecen, que sepan que estamos, porque hay ausencia familiar, muchos terminan viviendo en la calle.

Talleres y embarazos

Los talleres de género funcionan y las referentes del barrio insisten en la prevención de la salud y la posibilidad de evitar los embarazos no queridos.

El cura Francisco logró que un médico de la Unidad Sanitaria Nº 9 atienda una vez por semana en el barrio, hay una fuerte campaña de concientización y se implementa lo necesario para que en el Hospital Argerich las mujeres que no quieren embarazarse puedan hacerse un “implante subcutáneo”, que es un método más avanzado que el DIU (Dispositivo Intrauterino) y que da buen resultado. Alrededor de un centenar de mujeres del barrio se lo han colocado. En el caso de las hermanas Jessica, Mariana y Marcela Romero, tres de ellas tienen entre tres y cuatro hijxs de distintos padres, algunos de ellos están presos por consumo de drogas o delitos menores y otros las abandonaron. “Ellos se van cuando les decimos que estamos embarazadas, pero es mejor eso a que te traten mal, a lxs chicxs no les hacemos faltar nada, vamos al comedor y ahí ayudamos a servir y colaboramos”, cuentan.

A sus 36 años, Silvia Alvarez encabeza en Maciel la lucha por el Plan Qunita suspendido por el gobierno macrista en febrero de 2016. Junto a una gran cantidad de mujeres de distintas villas armaron un pesebre frente a la Quinta de Olivos exigiendo la continuidad de la entrega del kit con las cunas y los elementos para los recién nacidos. Otro grupo de chicas se vinculó en Dock Sud con coordinadoras de Ni Una Menos para sumarse al Paro de las Mujeres del 8 de marzo.

Nadie nace chorrx

Francisco Olveira (52), es su nombre, pertenece al Grupo de Curas en la Opción por los Pobres, herederos del padre Mugjica, entre otros. Vive en la villa como párroco desde hace 12 años, tras haber estado en asentamientos del conurbano y en poblaciones vulnerables de Latinoamérica. Abogado y enfermero, es impulsor de gran parte de las actividades que se realizan en el barrio. En su casa hay fotos del Che, de Mugica y el obispo Angelleli, de Milagro Sala, estatuitas del Gauchito Gil y de la virgen de Luján. “Cuando llegué a Maciel de la parroquia no quedaba nada, un año y medio antes había fallecido el cura que estuvo 40 años. Creo que un cura en una villa o barrio vulnerable  no se dedica a lo estrictamente religioso, yo no distingo, para mí es tan religioso cortar una ruta como hacer un bautismo, y desde mi fe tiene tanto que ver con la dignidad una cosa como la otra, aquí no podés dedicarte solo a lo puramente espiritual o religioso”, dice tajante y sereno, tras haber hecho huelga de hambre por la libertad de Milagro Sala. “Acá son las mujeres las que se ponen todo al hombro, padecen violencia y luchan cotidianamente contra eso. Tenemos un refugio para mujeres con y sin hijos; cuando empieza a faltar el laburo recrudece la violencia interna, la desintegración en los hogares y terminan pagándolo ellas”. Lxs pibsx lo llaman “padrino”, y en bermudas, camisa y sandalias camina los pasillos cubriendo necesidades y dando afecto. El cambio de signo político, en diciembre de 2015, significó la quita de numerosas iniciativas llevadas adelante con apoyo del gobierno anterior que articulaba desde el Ministerio de Desarrollo Social con los curas villeros. “Tuvimos programas que ahora están en veremos como la Cooperativa textil o el “Mejor vivir” que era una maravilla, mejoramiento de viviendas con créditos accesibles que le cambiaban la vida a las familias que nunca tuvieron un baño, ni agua en su casa. El gobierno de Macri considera eso un gasto y no una inversión, pero seguimos laburando. Tenemos voluntarixs, talleres de creatividad, hay gente que da su tiempo y trabajamos intensamente con lxs chicxs. Es más fácil trabajar para que ningunx entre en el circuito de la droga o se pregunte para qué sirve su vida, la verdad es que aquí estás todo el día remando contra la corriente, nadie nace chorrx, pero a algunxs la sociedad no les ofrece otra cosa. Es más sencillo proponerles un futuro, una esperanza, que sacarlxs cuando ya están en ese camino”, concluye.

Jose Nicolini

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EXPERIENCIAS

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Aida Sarti y Carmen Lapacó son algunas de las madres que se reunen a través de la red para seguir tejiendo una trama amorosa que ya cumplió cuarenta años de lucha. Imagen: Constanza Niscovolos.

Las Madres de Plaza de Mayo siguen siendo la cabeza de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia, y continúan al frente ante los embates del gobierno macrista: inmediatamente repudiaron el decretazo del 24 de marzo y tres días después respondieron en el acto al carapintada Gómez Centurión. Pero también transcurre una realidad paralela: ya han fallecido muchas de ellas, otras han quedado solas y necesitan ayuda a pesar de concurrir a los actos y continuar batallando. Con el objetivo de contenerlas y facilitar sus actividades, el CELS creó hace un año una Red de Acompañamiento a través de la cual realizan diversas actividades.

 

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El golpe más doloroso

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Marianella Triunfetti. Imagen: Natalia Ariñez

“Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.”

Esa frase de El inmortal, de Jorge Luis Borges, fue el último posteo de Marianella Triunfetti “La Nella” (28), en su facebook, poco antes del accidente ocurrido el sábado pasado, cuando junto a Natalia Ariñez y Alejandra Wurschmidt regresaban a San Miguel de Tucumán luego de participar en una Jornada por la Memoria en Famaillá. Las tres militantes de derechos humanos fallecieron en un choque con un auto cuyo conductor, se dice, estaba alcoholizado. La madre de Natalia, Julia Sandoval, militante de toda la vida y Julia Albarracín, abogada de derechos humanos, viajaban con ellas, fueron hospitalizadas y sobrevivieron.

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ENTREVISTA

 

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María Laura Garrigós de Rébori

 

Presidenta y única mujer de la Cámara Nacional de Casación Penal, última instancia de ese fuero, y titular de Justicia Legítima, María Laura Garrigós de Rébori rechaza la solemnidad y el ceremonial acostumbrados en el Poder Judicial. Detesta que la llamen “Vuestra Excelencia”, tratamiento que muchos aceptan con agrado, y no deja que lxs empleadxs hagan reverencias al entrar a su despacho. “Techo de cristal” para el 54 por ciento de mujeres del sistema penal, maternidad, masculinización de la tarea, violencia intrafamiliar, aborto, prisión domiciliaria y capacitación en género son sus temas de agenda, de los que habla en esta nota.

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RESISTENCIAS

Amor, Tiza y Libertad

El Centro Educativo Isauro Arancibia para chicos y chicas en situación de calle fue fundado en 1998 por la docente y ex detenida-desaparecida Susana Reyes. Son más de 300 cursando primario, secundario y diversos talleres, la mayoría son madres y sus hijos e hijas disfrutan de la guardería que funciona ahí mismo. Todo este entramado de protección está amenazado por la prolongación del metrobus, que exige demoler el edificio.

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RESISTENCIAS

 

VivirCieloAbiertoCada vez más mujeres con y sin niñxs habitan en plazas, recovas, bajo puentes o en veredas de la Ciudad. Viven solas o en “ranchadas” y trajinan las calles noche y día para subsistir y mantener a sus hijxs, que a veces mueren de frío. Estigmatizadas, abusadas y penalizadas, padecen la desatención total del Estado. Entre algunas de las experiencias en busca de llenar ese vacío surge la ONG Centro de Integración Frida, que acaba de cumplir un año y alberga a las mujeres, que en redes fortalecidas intentan restañar las heridas y encontrar caminos de libertad, dignidad y conciencia de género.

 

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